Todas las tardes, Alicia, una vecina del barrio de Flores, al finalizar su jornada de trabajo narraba los sucesos de su día poniéndole brillo a cada situación. Su novela era perfecta. Tan creativa era Alicia que cada vez más gente la esperaba en la puerta de su casa de la calle José Martí para escucharla.
Contaba y se contaba la vida a gusto. Y así, cada desplante se transformaba en una conquista; cada desencanto en puro hechizo; cada pedacito de soledad en abundante compañía.
Todas las tardes, Alicia, contaba.
jueves, 14 de marzo de 2019
lunes, 25 de febrero de 2019
"Todos mis jueves", por Vivi García
Hace cuarenta años que bailo tango, y quince que
voy a la milonga “La Pausa”. Elegí ese salón por dos razones: porque queda
cerca de mi casa y por los rumores, que pronto confirmé, de buen nivel de
baile.
Reservo una mesita para tres todos los jueves y
junto a dos amigas milongueras disfrutamos la fiesta del dos por cuatro. Bailo
mucho y bien, digamos… bailo con dignidad.
A la izquierda de nuestra mesa está la de un
grupo de hombres que nosotras llamamos “los notables” por su prestigio como
excelentes bailarines. Miran mucho, cabecean poco.
Entre ellos, muy reconocido en las milongas de
Buenos Aires, está don Alfredo, "¡una eminencia!", dicen muchos al
referirse a él, “no se vio bailarín mejor”, aseguran. Todos le dicen “el
Profe”. Hombre de cabellos de plata, alto, delgado, elegante, siempre impecable
y muy observador… En su juventud, cuentan casi como una leyenda urbana,
¡dibujaba en la pista! Hoy, baila un par de tandas sólo con dos mujeres tocadas
con la varita mágica.
Como una niña ilusionada hace más de una década
que espero su mirada, yo busco cada jueves la de él pero no me ve, o peor aún,
no me mira.
Quizá porque “el Profe” está cerca de los
noventa, tal vez por mi edad avanzada, o porque estamos de paso en esta vida y
sabemos que “el baile” se acaba… por todas esas razones, cuando lo vi salir de
La Pausa, celebrado por media milonga, saludado aparatosamente, dejando una
estela de luz a su paso, tomé coraje y lo seguí. En la puerta esperé
que pasara al anonimato que da la vereda, y le dije:
- - Alfredo, ¿cuándo vamos a
bailar? Estamos grandecitos y si no nos apuramos la Parca te va a llevar a vos
o a mí y me voy a quedar con la asignatura pendiente de una tanda juntos.
A pesar de su asombro me respondió enseguida:
- - No te vi piba, ¿dónde te
sentás? Bailo poco, ¿viste? ¿Cómo te llamás?
Cuando le dije Aída hizo una broma con respecto a la ópera de
Verdi como para abordar la situación, y antes de irse prometió:
- - El jueves próximo, ¡Pugliese!
Un jueves más en La Pausa. No cualquier jueves.
Cuando llegué el Profe ya estaba en la mesa de los “próceres del tango”, como
los rotuló Laurita.
Noche de suerte, bailé mucho y lindo.
Cuando comenzó la tanda del Maestro, sonó “La
Mariposa”, yo miré al Profe. Él ya estaba acariciando mi mirada.
"Ausencias", por Vivi García
Hoy, como todas las mañanas a las siete en punto salí a pasear a mi perro. No me crucé con el barrendero que me saluda amablemente, tampoco con los jóvenes que bajan a las corridas del tren para ir a los talleres de ropa (¿talleres clandestinos?), no estaba en la estación la vendedora de tortillas, no sonó la alarma de la barrera, ningún niño con delantal blanco caminaba hacia su escuela... Nada de lo habitual. Nadie. De regreso a casa, Pepe ya no estaba dentro de su polar azul. Su collar verde al caer hizo sonar la medalla en la vereda. Subí corriendo, busqué el espejo del mi habitación, pero aún no tengo el coraje de asomarme en él.
(Este relato tiene unos años, Pepe ya no está físicamente conmigo, pero sí en mi corazón).
(Este relato tiene unos años, Pepe ya no está físicamente conmigo, pero sí en mi corazón).
lunes, 18 de febrero de 2019
Para Ricardito , Roberta y Renato (mis gotas de tigre)
Me gusta verlos dormir.
Amo esa calma
que envuelve el espacio
cuando ellos descansan.
Amo ese silencio gatuno.
Esa manera de relajar sus cuerpos.
Amo ese don felino.
Amo esa calma
que envuelve el espacio
cuando ellos descansan.
Amo ese silencio gatuno.
Esa manera de relajar sus cuerpos.
Amo ese don felino.
Los amo.
domingo, 11 de noviembre de 2018
martes, 9 de octubre de 2018
"La marca", por Vivi Garía
Lo vi en la casa de antigüedades de
Rivadavia y Cuenca, estaba atado a otros con una soga que indicaba la prohibición de sentarse o tocar.
Lo reconocí entre los demás, era el sillón, que junto a tres más hacían más
bello el patio de mi abuela Anunciada. No tuve dudas, tenía en una de sus patas
una “V” que yo había grabado con un cuchillito de alpaca. Corrí la soga y me
senté. Apenas mi cuerpo lo sintió me fui
a mis ocho años, a la casa de Mataderos, al patio con baldosas de
arabescos que mis pequeños dedos acariciaban; y estaban mi tío, el eterno
soltero, mi madre con un delantal de pechera lavando en el piletón y mi abuela
siciliana con el mate entre sus manos. Allí estaba cuando me trajo al ruido de
la avenida el dueño del negocio: “señora, no puede estar sentada en ese sillón,
está a la venta”. Le expliqué que era un recuerdo familiar, que lo había
reconocido, que me dejara unos minutos más… No comprendió. No creyó en mi
palabra.
No me moví, quería estar un ratito más en la
estación de mi infancia y ¡con Ellos que habían partido hacía tanto tiempo!
Llegó la policía y una ambulancia
psiquiátrica. El agente y la médica entendieron. Pude conversar con el dueño y
prometerle una seña por el sillón para un pago total y retiro en diciembre, con
el aguinaldo.
Cuando se lo conté a mi hija simplemente
comentó: “Ay mamá, que desmesurada sos”. Mi nieta, que no tiene edad para
acumular recuerdos, me miró, me sonrió con sus dientitos separados como
diciendo: “tranqui abueVi, para diciembre falta poco”.
Enero. El sillón descansa en mi living. Le
puse un almohadón rojo y otro verde. Sentada en él está Lourdes, mi nietita,
mirando en la tele un programa de una granja en la que los animales son
felices.
Cuando ella crezca le mostraré la inicial de
mi nombre en una de las patas. Sólo a ella le hablaré de aquella travesura de
niña.
En él me siento a leer. A veces, abandono el
libro porque Ellos empiezan a pasear por mi casa y elijo verlos y escucharlos…
total, a la lectura se vuelve en cualquier momento.
sábado, 15 de septiembre de 2018
Siempre es de noche. Por Vivi García
- Comienza a las tres, pero a las seis se pone re buena porque empiezan a llegar los que salen del laburo. Se cambian en el baño y arriban a la pista vestidos de fiesta. Nada de alcohol, un cafecito y perfume... Oler bien mejora el paso. ¡Suerte!
Los consejos de Carmen a Estelita le vinieron de maravillas. Era la primera vez que se animaba a ir a una milonga; Carmencita estaba resfriada y con el marido en casa era complicado fingir un trámite.
Al entrar a “La Pausa” escuchó una tanda de milonga que hizo que sus pasos se apuraran, pagó la entrada y se ubicó en una mesa. En una de las sillas apoyó la cartera, colgó del respaldo la bolsa negra con los zapatos nuevos, ésos que jamás pisarían la vereda, sólo las pistas (como le había aconsejado su amiga) y se los puso lentamente, peleándose de a ratos con las hebillas. ¡Listo! Lucían estupendos en los pies pequeños de Estelita.
Paso siguiente y posterior al pedido de un tecito cortado, miró y encontró otros ojos acompañados de una cabeza en sutil movimiento. Esperó, se paró en el momento indicado…¡y a bailar! Y como vela amarrada al palo mayor comenzó a navegar en aguas rítmicas, giratorias, envolventes. Durante doce minutos cuatro tangos le sostuvieron el alma, le acariciaron la piel, le pusieron una luna a esa tarde porteña.
El té en la mesa se murió de frío. Su dueña no paró de bailar. Las clases del club de su barrio habían dado resultado. Regresó a su casa impregnada de algo parecido a la felicidad.
El marido de Carmencita dormía cuando sonó el teléfono. Las dos amigas hablaron hasta la medianoche. “Qué buena idea la de ir a “La Pausa”, ¡qué suerte que te hice caso!”, dijo Estelita, y antes de cortar comentó: “lo bueno de estos lugares es que siempre es de noche, y viste ¡cómo lucen los zapatos en la pista! La próxima vez vamos juntas”.
Carmen, puso el inalámbrico en la base, fue a la cocina, y se preparó unos mates. El tango, aunque sólo hablara de él, le quitaba el sueño.
Los consejos de Carmen a Estelita le vinieron de maravillas. Era la primera vez que se animaba a ir a una milonga; Carmencita estaba resfriada y con el marido en casa era complicado fingir un trámite.
Al entrar a “La Pausa” escuchó una tanda de milonga que hizo que sus pasos se apuraran, pagó la entrada y se ubicó en una mesa. En una de las sillas apoyó la cartera, colgó del respaldo la bolsa negra con los zapatos nuevos, ésos que jamás pisarían la vereda, sólo las pistas (como le había aconsejado su amiga) y se los puso lentamente, peleándose de a ratos con las hebillas. ¡Listo! Lucían estupendos en los pies pequeños de Estelita.
Paso siguiente y posterior al pedido de un tecito cortado, miró y encontró otros ojos acompañados de una cabeza en sutil movimiento. Esperó, se paró en el momento indicado…¡y a bailar! Y como vela amarrada al palo mayor comenzó a navegar en aguas rítmicas, giratorias, envolventes. Durante doce minutos cuatro tangos le sostuvieron el alma, le acariciaron la piel, le pusieron una luna a esa tarde porteña.
El té en la mesa se murió de frío. Su dueña no paró de bailar. Las clases del club de su barrio habían dado resultado. Regresó a su casa impregnada de algo parecido a la felicidad.
El marido de Carmencita dormía cuando sonó el teléfono. Las dos amigas hablaron hasta la medianoche. “Qué buena idea la de ir a “La Pausa”, ¡qué suerte que te hice caso!”, dijo Estelita, y antes de cortar comentó: “lo bueno de estos lugares es que siempre es de noche, y viste ¡cómo lucen los zapatos en la pista! La próxima vez vamos juntas”.
Carmen, puso el inalámbrico en la base, fue a la cocina, y se preparó unos mates. El tango, aunque sólo hablara de él, le quitaba el sueño.
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