jueves, 14 de marzo de 2019

"Mixturas" por Vivi García

   Había una vez una hormiga muy trabajadora, pero, además de trabajar, soñaba. Soñaba con caminar a orillas de ríos lejanos, trepar árboles muy altos de esos que llegan hasta las nubes, y con saborear flores exóticas.
   Un día, mientras cargaba una hoja de menta se encontró con una cigarra cantora y guitarrera. La hormiga le dijo: "qué bueno haberte conocido, con tu música alegrás mi trabajo".
   Se hicieron amigas, y cuando la cigarra supo de los sueños de la hormiga le sugirió que los cumpliera, porque la vida pasa y ya tendría tiempo de completar sus tareas para cuando llegara el frío.
   Después de las palabras de la cigarra la hormiga se transformó en una incansable viajera.
   Desde entonces la cigarra la espera cantando para que a su regreso la hormiga le cuente de los árboles que acarician las nubes, de los ríos que andan y del sabor de las flores frescas y coloridas.

"Otro cielo" por Vivi García

   Todas las tardes, Alicia, una vecina del barrio de Flores, al finalizar su jornada de trabajo narraba los sucesos de su día poniéndole brillo a cada situación. Su novela era perfecta. Tan creativa era Alicia que cada vez más gente la esperaba en la puerta de su casa de la calle José Martí para escucharla. 
   Contaba y se contaba la vida a gusto. Y así, cada desplante se transformaba en una conquista; cada desencanto en puro hechizo; cada pedacito de soledad en abundante compañía.
   Todas las tardes, Alicia, contaba.

lunes, 25 de febrero de 2019

"Todos mis jueves", por Vivi García



   Hace cuarenta años que bailo tango, y quince que voy a la milonga “La Pausa”. Elegí ese salón por dos razones: porque queda cerca de mi casa y por los rumores, que pronto confirmé, de buen nivel de baile.
   Reservo una mesita para tres todos los jueves y junto a dos amigas milongueras disfrutamos la fiesta del dos por cuatro. Bailo mucho y bien, digamos… bailo con dignidad.
   A la izquierda de nuestra mesa está la de un grupo de hombres que nosotras llamamos “los notables” por su prestigio como excelentes bailarines. Miran mucho, cabecean poco.
   Entre ellos, muy reconocido en las milongas de Buenos Aires, está don Alfredo, "¡una eminencia!", dicen muchos al referirse a él, “no se vio bailarín mejor”, aseguran. Todos le dicen “el Profe”. Hombre de cabellos de plata, alto, delgado, elegante, siempre impecable y muy observador… En su juventud, cuentan casi como una leyenda urbana, ¡dibujaba en la pista! Hoy, baila un par de tandas sólo con dos mujeres tocadas con la varita mágica.
   Como una niña ilusionada hace más de una década que espero su mirada, yo busco cada jueves la de él pero no me ve, o peor aún, no me mira.
   Quizá porque “el Profe” está cerca de los noventa, tal vez por mi edad avanzada, o porque estamos de paso en esta vida y sabemos que “el baile” se acaba… por todas esas razones, cuando lo vi salir de La Pausa, celebrado por media milonga, saludado aparatosamente, dejando una estela de luz a su paso,  tomé coraje y lo seguí. En la puerta esperé que pasara al anonimato que da la vereda, y le dije:
-   -   Alfredo, ¿cuándo vamos a bailar? Estamos grandecitos y si no nos apuramos la Parca te va a llevar a vos o a mí y me voy a quedar con la asignatura pendiente de una tanda juntos.
A pesar de su asombro me respondió enseguida:
-      - No te vi piba, ¿dónde te sentás? Bailo poco, ¿viste? ¿Cómo te llamás?
Cuando le dije Aída hizo una broma con respecto a la ópera de Verdi como para abordar la situación, y antes de irse prometió:
-      - El jueves próximo, ¡Pugliese!
   Un jueves más en La Pausa. No cualquier jueves. Cuando llegué el Profe ya estaba en la mesa de los “próceres del tango”, como los rotuló Laurita.
   Noche de suerte,  bailé mucho y lindo.
   Cuando comenzó la tanda del Maestro, sonó “La Mariposa”, yo miré al Profe. Él ya estaba acariciando mi mirada.



"Ausencias", por Vivi García

Hoy, como todas las mañanas a las siete en punto salí a pasear a mi perro. No me crucé con el barrendero que me saluda amablemente, tampoco con los jóvenes que bajan a las corridas del tren para ir a los talleres de ropa (¿talleres clandestinos?), no estaba en la estación la vendedora de tortillas, no sonó la alarma de la barrera, ningún niño con delantal blanco caminaba hacia su escuela... Nada de lo habitual. Nadie. De regreso a casa, Pepe ya no estaba dentro de su polar azul. Su collar verde al caer hizo sonar la medalla en la vereda. Subí corriendo, busqué el espejo del mi habitación, pero aún no tengo el coraje de asomarme en él. 

(Este relato tiene unos años, Pepe ya no está físicamente conmigo, pero sí en mi corazón).

lunes, 18 de febrero de 2019

Para Ricardito , Roberta y Renato (mis gotas de tigre)


Me gusta verlos dormir.
Amo esa calma
que envuelve el espacio
cuando ellos descansan.
Amo ese silencio gatuno.
Esa manera de relajar sus cuerpos.
Amo ese don felino.

Los amo.




martes, 9 de octubre de 2018

"La marca", por Vivi Garía

                                                    
   Lo vi en la casa de antigüedades de Rivadavia y Cuenca, estaba atado a otros con una soga que  indicaba la prohibición de sentarse o tocar. Lo reconocí entre los demás, era el sillón, que junto a tres más hacían más bello el patio de mi abuela Anunciada. No tuve dudas, tenía en una de sus patas una “V” que yo había grabado con un cuchillito de alpaca. Corrí la soga y me senté. Apenas mi cuerpo lo sintió me fui  a mis ocho años, a la casa de Mataderos, al patio con baldosas de arabescos que mis pequeños dedos acariciaban; y estaban mi tío, el eterno soltero, mi madre con un delantal de pechera lavando en el piletón y mi abuela siciliana con el mate entre sus manos. Allí estaba cuando me trajo al ruido de la avenida el dueño del negocio: “señora, no puede estar sentada en ese sillón, está a la venta”. Le expliqué que era un recuerdo familiar, que lo había reconocido, que me dejara unos minutos más… No comprendió. No creyó en mi palabra.
   No me moví, quería estar un ratito más en la estación de mi infancia y ¡con Ellos que habían partido hacía tanto tiempo!
   Llegó la policía y una ambulancia psiquiátrica. El agente y la médica entendieron. Pude conversar con el dueño y prometerle una seña por el sillón para un pago total y retiro en diciembre, con el aguinaldo.
   Cuando se lo conté a mi hija simplemente comentó: “Ay mamá, que desmesurada sos”. Mi nieta, que no tiene edad para acumular recuerdos, me miró, me sonrió con sus dientitos separados como diciendo: “tranqui abueVi, para diciembre falta poco”.
   Enero. El sillón descansa en mi living. Le puse un almohadón rojo y otro verde. Sentada en él está Lourdes, mi nietita, mirando en la tele un programa de una granja en la que los animales son felices.
   Cuando ella crezca le mostraré la inicial de mi nombre en una de las patas. Sólo a ella le hablaré de aquella travesura de niña.
   En él me siento a leer. A veces, abandono el libro porque Ellos empiezan a pasear por mi casa y elijo verlos y escucharlos… total, a la lectura se vuelve en cualquier momento.