viernes, 1 de julio de 2016

"Léame más", el nuevo libro de Vivi García


Historias Robadas... ¿Venís?

PARA AGENDAR...Una lugar: La Forja, Bacacay 2414 en Flores, muy cerca de la Plaza... Un día: cuarto sábado a las seis de la tarde. Dos mujeres: Elisa Vázquez y Vivi García. Un café y un manojito de historias. ¿Venís?

domingo, 22 de mayo de 2016

LÉAME MÁS de Vivi García

Con Juan José Decuzzi y Elisa Vázquez. Se presento el 21 de mayo a las 18:00 en el teatro de Flores.
Una hermosa tarde!!!

lunes, 25 de abril de 2016

Cuando los cuentos despliegan sus alas...

   Historia Robadas... se presenta el cuarto sábado en La Forja (Bacacay 2414, Flores). Es una propuesta de narración oral con algunas particularidades: una mesa de café, relatos ensamblados, comentarios, y dos charlistas que re descubren las historias como si las escucharan por primera vez. Se crea un clima íntimo perfumado de emociones diversas. El humor, la ironía, la sencillez laten en cada cita. Y lo mejor: la gente que nos acompaña. Por suerte, siempre hay un buen fotógrafo, como, José Arruabarrena u Osvaldo Clarens que nos toma varias fotos que documentan la magia del Encuentro. Los esperamos el 28 de mayo.

lunes, 21 de marzo de 2016

Mi último cuento hasta la fecha

“El predicador de Floresta”                                                  por Vivi García  

   Durante algún tiempo, los domingos por la tarde exactamente a las cinco, llegaba el predicador. Se ubicaba a la salida de la estación Floresta del ferrocarril Sarmiento, en Venancio Flores y Bahía Blanca. Desde la escalinata comenzaba a anunciar las Buenas Nuevas: “¡Gloria a Dios en las alturas! ¡Paz en la tierra entre los hombres que gozan de su favor”, de esta manera, con esta cita bíblica, solía saludar a los que pasaban, a los que se detenían a escucharlo, a los que se burlaban de él. El predicador seguía entregando su mensaje como un ramillete de flores: “Ánimo, hija, por tu fe has sido sanada…”, y narraba maravillosamente la historia de la mujer de las hemorragias imparables que se curó al tocar la capa de Jesús.
   Era un hombre moreno, de baja estatura, pero su voz era la de un gigante. “Otra vez llegó el loco”, decían algunos vecinos, pero vaya a saber por qué razón se quedaban a escucharlo.
   “…Luego tomó en sus manos los cinco panes y los dos pescados y, mirando al cielo, dio gracias a Dios y los partió , los dio a los discípulos y ellos los repartieron entre la gente. Todos comieron hasta quedar satisfechos…”. Y el milagro de los panes y los peces inundaba las calles y se metía por las ventanas abiertas de los que no se animaban a salir. Sus citas bíblicas se transformaban en relatos que contenían milagros, promesas, buenos deseos.
   Escuchado o aparentemente ignorado al encuentro dominguero cada vez iba más gente, algunos dejaban pasar un tren y otro para oírlo contar. Algunos vecinos sacaban bancos a la esquina y de a poco ese ingreso y salida de la estación se fue convirtiendo en un auditorio.
   Nunca se supo qué encontraban los oyentes en el mensaje del predicador. Qué descubrían en esas palabras que se escapaban de ese Libro de tapas negras gastadas y de hojas delgadas con bordes dorados.
   Un domingo de primavera, el predicador estaba como iluminado, de su boca brotaban mensajes encendidos, el silencio acompañaba el momento, sólo su voz en el aire y la caricia de la llegada de dos trenes que, en direcciones opuestas se detuvieron juntos en el momento exacto en el que el predicador decía: “Pidan, y Dios les dará; busquen, y encontrarán; llamen a la puerta, y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama a la puerta, se le abre”. Desde ambos andenes los pasajeros comenzaron a descender y a rodear al predicador y entre todos los rostros, entre todas las siluetas, se escuchó una voz que pidió: “dígalo todo de nuevo por favor”. Y el decidor de las palabras en llamas  repitió : “Pidan, y Dios les dará; busquen, y encontrarán; llamen a la puerta, y se les  abrirá…”.
   De a poco, lentamente, los pasajeros siguieron sus destinos, algunos hacia la avenida Rivadavia; otros, hacia la calle Avellaneda; los vecinos guardaron sus sillas, y los burladores callaron.
   Ese fue el último domingo que Floresta contó con su presencia. Nadie conocía al predicador. Nadie siquiera le había preguntado su nombre. Quizá, ya lo había dicho todo y debía visitar otros lugares, tal vez regrese algún día y vuelva a hablar de milagros, promesas, abundancias…
   En una de las pocas paredes que quedaban blanqueadas, sin escrituras futboleras, alguien escribió: “Volvé predicador, y contanos de nuevo lo de aquel día que comieron todos…”.

   Nadie  ha tachado el mensaje en años, no hubo lluvia capaz de borrarlo, y no hay habitante de Floresta que no conozca la historia del predicador, ése, que entregaba la Palabra como un ramo de flores. 

viernes, 15 de enero de 2016

Enero


No sé por qué razón llegué a Floresta,
venía de una casa grande
con una gran familia.
Nunca tuve patio, es cierto,
pero hoy, desde mi pequeño balcón
puedo observar los árboles
que me presta un fondo vecino.
Siento la bendición del viento
en mi piel, en el canto de un llamador de ángeles
y en la danza de las hojas.
La gata descansa sobre la cama,
el perro abuelo elige su mullido canasto,
y Lara, una caniche nieta, disfruta junto a mí
de esta tarde,  sin duda, regalo del Universo.
A este mirador con rejas verdes
llega un pedazo de cielo
que como una ofrenda,
me ofrece el sol y las estrellas
cada jornada.
A veces el Milagro
está ahí, al alcance de  las manos.